La noche del sábado 13 de marzo estuve en un hueco de San Martín de Porres rockeando en una banda (de la cual haré referencia más adelante ya que mi propósito es otro) y me encontré una vez más con el -para mí- usual "espectáculo aparte" del respetable, claro. Llegué con una gentita al local cuando una banda de SKA daba sus últimas afinadas para comenzar su singular repertorio. Amplificadores encendidos, la guitarra en clean, la trompeta y el trombón, ambos listos. Todo indicaba que la noche prometía...El SKA es un género especial, caprichoso, lleno de versatilidad tanto en la música como en la mente de los que dicen escucharlo. Es una cultura, un ritual, un procedimiento homogéneo que no distingue sub grupos tales como los "Emo", los "Flow", los "Metaleritos" o los "Punkekes", apelativos adquiridos en una sociedad de barrio donde todos nos rebautizamos; después de más de 50 años este género, desde sus diferentes transformaciones y fusiones, llegó al Perú, aquí lo digerimos y éste fue a albergarse en los viejos locales de pollada que son ahora una suerte de escenarios apropiados para ejecutarlos, pues se necesita de gente eufórica que los llene...
Y las bandas (u orquestas, en este caso) saben en lo que están metidos. Ni bien suena el primer acorde cuando las aletargadas personas asistentes abandonan su oscuro espacio infestado de cigarrillos y cerveza, se levantan del suelo cual Lázaro y en sus cabezas solamente cobijan un pensamiento: salir a bailar o, en mi opinión, hacer el ridículo...
Es que no hace falta estar ebrio para que de manera instantánea la música invada sus cuerpos, domine sus mentes y haga estragos de la poca cordura que les queda aún. "El que no sabe bailar aquí es bien recibido"; un remolino de seres humanos controla el centro del lugar y se convierte repentinamente en una pista de baile popular, sin imaginar mucho, ves a una chica bien ataviada con cartera en mano juntándose con un grandulón mal vestido y con dos chiquillos asidos del codo cual danza de vaqueros. Ejecutan pasos emulando al célebre "Chavo del 8" cuando dice su frase "eso, eso, eso!". Es realmente jocoso si lo ven desde mi punto de vista, tal vez algo ignorante de las costumbres típicas en esos lugares...
La música cesa, el cantante pide aplausos y la multitud (pues para entonces ya se azuzaron sus ánimos) aguarda impaciente que toquen otro tema no por escuchar la virtuosidad del trompetista o si se oye bien el bajo, no, sino porque ansían explotar otra vez y otra vez y otra vez hasta no poder más...
Ya en su segundo tema inusitadamente la música se acelera, la gente ya no es gente, solo son un garabato de manos, pies y una que otra cabeza que se pierde en círculos; el remolino animal ahora brinca, descoordina, resulta un fenómeno tan normal como desorbitante, es que la banda sabe lo que la bestia quiere, y si los quieres a tus pies, pues dale a la bestia lo que quiere... Aman el SKA, pero ni siquiera saben qué es en realidad...
Presos de la histeria colectiva, los asistentes y a la vez participantes de aquel espectáculo de circo elevan a la cumbre a sus artistas de ensueño, los hacen sentir vencedores, famosos, inalcanzables, sólo hasta cuando bajan del escenario y siguen siendo nadie, su público ferviente regresa a sus asientos imaginarios aún plagados de cenizas y vasos desperdigados en el suelo a esperas de otra banda que harán que olviden lo sucedido... Nadie vio nada, aquí nada pasó...
